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EN LA ZONA DEL SILENCIO, EL PROBLEMA NUNCA FUE EL SILENCIO

Investigadores de la UACJ salieron del aula y recorrieron comunidades del desierto para escuchar a sus habitantes y construir, junto con ellos, soluciones frente a un problema que adopta distintas formas: el agua

Hay lugares donde el silencio no se escucha. Se siente.

En el norte de México, donde convergen los límites de Chihuahua, Durango y Coahuila, el viento recorre kilómetros de desierto sin encontrar más obstáculo que los mezquites, las gobernadoras y la tierra resquebrajada por el sol.

Desde hace décadas, este territorio alimenta leyendas sobre brújulas que dejan de funcionar, señales de radio que se desvanecen y meteoritos que alguna vez cayeron sobre su superficie. A ese sitio lo bautizaron como la Zona del Silencio.

Pero quienes viven aquí nunca han tenido tiempo para los misterios. Su preocupación siempre ha sido otra: el agua.

El agua que brota del subsuelo, pero que no siempre puede beberse. El agua cargada de sales que enferma a las personas, debilita al ganado y limita los cultivos. El agua que, en algunos lugares, es más salada que la del mar. El agua que obliga a recorrer kilómetros bajo temperaturas extremas. El agua que define si una comunidad permanece o desaparece.

Durante años, la vida en estas tierras consistió en aprender a resistir, hasta que la ciencia decidió caminar por el desierto.

Investigadores y estudiantes de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) comenzaron a recorrer estas comunidades con una pregunta: ¿Cómo aprovechar el sol, el calor y la tecnología para transformar aquello que parecía una condena en oportunidad?

Este no es un reportaje sobre una región envuelta en leyendas. Es la historia de cinco comunidades que encontraron en la ciencia una forma distinta de mirar el desierto; cinco historias donde el conocimiento dejó de ser teoría para convertirse en agua, alimento, trabajo y esperanza. Porque en la Zona del Silencio, el verdadero problema nunca fue el silencio.

El agua que se volvió potable

Habitantes de Granja Morelos, Durango

Todavía hoy, cuando Oralia Galán escucha hablar del agua, no piensa en tuberías, bombas o plantas purificadoras, piensa en el tren.

Tiene medio siglo viviendo en Granja Morelos, Durango, una comunidad de alrededor de 500 habitantes, enclavada en los límites de la Zona del Silencio. Ahí, durante décadas, conseguir un balde de agua significó esperar que la lluvia llenara los estanques o escuchar, a lo lejos, el silbato de una locomotora.

“Aquí el principal problema ha sido el agua”, dice sin rodeos.

Es sábado por la mañana. El termómetro ronda los 45 grados centígrados. Los caminos de terracería parecen derretir las suelas del calzado. El aire quema y la piel lo resiente. Aquí, cada paso bajo el sol significa un desafío.

Frente a una tiendita de barrio, hoy convertida en punto de reunión de los vecinos, varias familias conversan mientras esperan el inicio de una junta vecinal. Hay un ambiente distinto. Esta vez no se reunirán para hablar únicamente de las dificultades, sino también de una solución que comenzó a cambiar la vida de la comunidad.

Pero antes aparecen los recuerdos.

“Cuando no había agua en los estanques, pasaba el tren y nos dejaba, aunque fuera poquita”, recuerda Oralia.

A su lado, Severiano Esquivel completa la escena.

“Era una acarreadera… Hemos sido testigos de todo lo que se ha sufrido aquí por conseguir un traguito de agua, por sostener a las familias. Porque el agua es la vida”.

Hace una pausa y prosigue.

“…Correteando los trenes porque llegaban y nos dejaban un chorrito (de agua). El que alcanzaba, alcanzaba. La gente llevaba cubetas, tinas… Antes ni troca había; puro carrito de tartana”.

Fernando Barraza, uno de los habitantes de mayor edad, sonríe mientras revive aquellas jornadas.

“El tren nos dejaba un tanque allá en el otro poblado. Las mujeres se peleaban porque todas querían ser las primeras”.

Las mujeres presentes ríen y asienten con la cabeza; no hace falta decir más, todas recuerdan.

Con los años llegó la red de agua potable y por primera vez pudieron abrir una llave dentro de sus casas, parecía el final de un problema pero, en realidad, apenas comenzaba otro.

“Cuando hicieron el pozo fue cuando salió más salada”, recuerda Severiano.

“Yo esa agua la veía turbia, como arenosa”, agrega Fernando.

La explicación está varios metros bajo sus pies.

Dr. Víctor Salas, profesor investigador, UACJ, Campus Cuauhtémoc

El Dr. Víctor Salas, profesor investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, campus Cuauhtémoc, explica que estamos sobre un acuífero fósil.

“Hace millones de años esta región formó parte del mar de Tetis. Por sus condiciones geológicas, el agua subterránea contiene una enorme cantidad de sales”.

Pero la sal no era el único riesgo.

Estudios realizados por la UACJ y el Instituto de Ecología A.C. detectaron además concentraciones elevadas de coliformes en el agua utilizada por la población.

“Pero nosotros nos la tomábamos así”, dice Oralia, encogiéndose de hombros. “No había de otra”.

“Esa agua mala la bebíamos por necesidad”, añade Fernando.

Víctor Salas explica que esa combinación de alta salinidad y contaminación bacteriológica provocó durante años enfermedades digestivas entre los habitantes.

Oralia asiente de inmediato.

“A uno se le hacía buena porque estaba impuesto, pero siempre nos enfermábamos. Siempre había diarreas. También mucha gente con piedras en los riñones”.

[La alta salinidad de esta agua implica una elevada presencia de sales disueltas, entre ellas sodio. Su consumo excesivo se asocia con hipertensión arterial y un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y renales, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud].

Fernando baja la mirada, él sabe de qué habla Oralia.

“Yo tuve problemas en el riñón, me empezó un dolor aquí”, dice mientras señala el costado izquierdo del abdomen.

Los médicos encontraron una piedra que bloqueaba el paso de la orina.

“Me dijeron: ‘No te tardes porque puedes perder el otro riñón’.”

La operación fue exitosa, pero el bolsillo no tanto.

“Me dieron una buena pelada“.

“¿A qué se refiere?”, le pregunta este escribano.

“Del bolsillo”, responde entre risas.

Los vecinos también ríen.

Después vuelve la seriedad.

“Mis hermanos me ayudaron para la operación, yo puse otro poco… y así salió”.

Nos desplazamos al pozo que abastece a la comunidad.

Ahí aparece, casi por casualidad, Joel Reyes.

Llega acompañado de su hijo y estaciona su camioneta frente al enorme tinaco comunitario.

No viene a la entrevista, viene por agua.

“Esta me la llevo para lavar, para el baño, para limpiar la casa”, explica mientras abastece un depósito de aproximadamente 500 litros.

“¿Y para tomar?”.

“No”.

Levanta la vista hacia el pozo.

“Para tomar no sirve”.

Cuenta que la vieja red hidráulica ya casi no tiene presión, pues algunos vecinos instalaron bombas para llevar el agua hasta sus viviendas, reduciendo todavía más el flujo para quienes viven en otros sectores del poblado.

Por eso, cada semana debe recorrer alrededor de kilómetro y medio para llenar el tinaco que abastecerá a su familia durante varios días.

La falta de presión provocaba que el agua tuviera que distribuirse por secciones y horarios. Aun cuando correspondía el turno a determinado sector, no existía la certeza de que llegaría hasta las viviendas más alejadas.

Eduardo Ernesto Escárcega Escárcega Jr.,

Eduardo Ernesto Escárcega Escárcega Jr., estudiante de Geoinformática de la UACJ, conoció esa realidad mientras participaba en los trabajos de campo realizados para evaluar la red hidráulica. Lo entrevistamos vía telefónica.

Su labor consistió en acudir a distintos puntos de la comunidad, abrir las llaves de las viviendas y medir el caudal y la presión del agua. Con esa información, los investigadores podrían identificar las deficiencias del sistema y plantear una red capaz de distribuir el recurso de manera más equitativa.

Cuenta que en una de esas jornadas llegó hasta la casa de una pareja de adultos mayores. Eduardo y sus compañeros instalaron los instrumentos, abrieron la llave y esperaron.

No salió una sola gota.

—No hay agua, mijo —les dijo la mujer.

Uno de los estudiantes preguntó si no era el horario en que correspondía abastecer aquel sector.

—Sí, pero el agua a veces no llega hasta aquí —respondió.

Después observó los aparatos y quiso saber qué hacían aquellos jóvenes en su casa. Eduardo le explicó que medían el caudal y la presión para contribuir al diseño de una red que permitiera llevar agua con mayor regularidad a todas las viviendas.

La respuesta de la mujer se quedó con él:

—¿Qué hacen en este sitio del que ni siquiera Dios se acuerda?

Para Eduardo, la frase reveló la profundidad de un problema que hasta entonces había observado principalmente mediante mediciones, coordenadas y datos.

“Cuando vas a las comunidades y ves que la gente tiene que esperar a que llegue la pipa, comprobar que el pozo esté funcionando y esperar el horario en que le corresponde agua a cada sección, te das cuenta de que la están pasando muy duro. Ves el problema en persona y piensas: esta gente no está viviendo, está sobreviviendo”.

El acercamiento con las comunidades se dio mediante talleres participativos realizados como parte de un proyecto del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), encabezado por el Instituto Potosino de Investigación Científica y Tecnológica (IPICYT) y el Instituto de Ecología (INECOL). Fue en esos encuentros donde los habitantes expusieron las necesidades específicas de cada localidad y las dificultades que enfrentaban para acceder al agua.

Esas voces fueron las que, en 2024, llegaron hasta los investigadores de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

“Comunidades del norte de Durango y del sur de Chihuahua nos comunicaron las problemáticas que enfrentaban con el agua”, explica Víctor Salas. “A partir de ello, buscamos el apoyo de la Fundación Gonzalo Río Arronte para desarrollar soluciones mediante tecnología hídrica”.

En Granja Morelos, la respuesta tomó forma de una planta purificadora basada en ósmosis inversa. Paradójicamente, fue instalada en un edificio que durante años permaneció abandonado.

“Aquí ya existía una purificadora construida con recursos federales”, explica el investigador. “Pero terminó convertida en un elefante blanco por falta de mantenimiento”.

El proyecto no consistió únicamente en instalar nuevos equipos, la propia comunidad participó.

Compraron tubería de PVC, codos, excavaron zanjas, aportaron mano de obra y construyeron la línea que conduce el agua hasta la nueva planta.

“No fue nomás que llegaran y la pusieran”, dice Oralia. “Nosotros también cooperamos”.

Finalmente llega el momento que todos esperaban. Oralia introduce unas monedas en la máquina, espera unos segundos, el sistema comienza a trabajar hasta que, del despachador, brota un chorro de agua transparente.

Ella sonríe como quien presume un logro colectivo.

La purificadora rehabilitada se localiza en el corazón del poblado de Granja Morelos

“Grábele”, dice mirando a la cámara. “Grábele”.

Mientras llena el recipiente, reflexiona en voz alta: “Uno estaba impuesto a tomar agua salada… pero ya uno prueba esta y la otra ya no le gusta”.

La reunión vecinal termina poco después.

Las sillas comienzan a desocuparse y los vecinos regresan lentamente a sus casas.

Pero Oralia tiene otro plan.

Insiste en que nadie se vaya sin comer.

Nos invita a su casa. Sobre la mesa sirve un guisado de carne en verde, acompañado de arroz y tortillas de maíz. Mientras compartimos los alimentos, conversa con los investigadores, con este reportero y su compañero videógrafo, con la naturalidad de quien recibe a viejos amigos, no a un grupo de visitantes que apenas conoció unas horas antes.

Cuando llega el momento de las bebidas, pregunta quién quiere una coca cola.

Algunos aceptan.

Quienes no bebemos refresco recibimos otra oferta.

“¿Un vaso de agua?”.

Oralia desaparece unos segundos y regresa con varios vasos de agua rebosantes de hielo.

No hace falta decir que sabe diferente.

El agua que volvió a la tierra

Entronque para llegar a los poblados aledaños a la Zona del Silencio y entrada principal a Ceballos, Durango

De Granja Morelos conducimos hacia el ejido La Flor, a unos 150 kilómetros de distancia. El camino nos lleva hasta una de las comunidades más pequeñas de la Reserva de la Biosfera Mapimí, considerada la puerta de entrada al corazón de la Zona del Silencio.

Mientras avanzamos por el desierto, Víctor Salas nos recuerda que este lugar carga con una fama que trasciende sus paisajes.

“Es una región mística; algunos hasta la consideran paranormal. Viene mucha gente a cargarse de energías, a realizar actividades recreativas… viene gente de todo el mundo”.

Pero detrás de esa imagen envuelta en leyendas, habitan cerca de 20 familias, cuya prioridad nunca ha sido el misterio, sino el agua.

Una de ellas es la familia Herrera.

Sergio Herrera

Sergio Herrera nos recibe y, sin titubeos, comienza a hablar de uno de los proyectos impulsados en la comunidad.

“La idea de este proyecto ya tiene varios años”, dice mientras nos muestra una de las piletas que poco a poco va filtrando el recurso hídrico.

“Fue por parte del Programa de Conservación para el Desarrollo Sostenible (PROCODES) y de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas. Lo instalaron, lo construyeron y lo dejaron funcionando, pero ahí iba un acumulador de energía”.

La planta fue diseñada para aprovechar un recurso que en este lugar resulta particularmente valioso: el agua que la propia comunidad desecha.

Todo el drenaje proveniente de las viviendas y de los sanitarios llega a un pequeño cárcamo. Desde ahí, una bomba sumergible para lodos impulsa el agua hacia la planta de tratamiento.

Víctor Salas explica el resto del recorrido:

“Es una obra civil construida con cuatro piletas. A partir de una bomba, el agua va pasando de una a otra por gravedad, para mejorar su calidad y reutilizar esa agua para irrigar un plantío de nopales que las familias destinan al consumo, la venta y la alimentación del ganado”.

Pero el sistema tenía un problema: con el tiempo dejó de funcionar.

El Dr. Luis Jiménez, profesor investigador de la UACJ en Cuauhtémoc, explica que, tras revisar la instalación, encontraron el origen de la falla.

“El diagnóstico fue que hubo un mal dimensionamiento del sistema fotovoltaico, por lo que la bomba realmente nunca estuvo funcionando”.

Así que, en colaboración con profesores y estudiantes, redimensionaron el sistema, lo instalaron y actualmente se encuentra activo.

La solución adquiere mayor relevancia por una condición de La Flor: aquí no existe una red eléctrica de la Comisión Federal de Electricidad. Por ello, explica Jiménez, este tipo de tecnologías representan una alternativa para mantener funcionando el sistema.

Sergio lo traduce desde la experiencia de quienes viven aquí:

“Llega la Universidad y trae este proyecto que nos beneficia más, porque ya no vamos a utilizar solamente la batería; ahora se va a utilizar la energía solar. Para nosotros es un gran beneficio, una gran oportunidad de aprovechar el sol con el apoyo de ellos”.

Y reflexiona: A lo mejor mucha gente que vive en la ciudad no lo ve; solamente las personas que vivimos aquí. Ahora ellos, que están viniendo, se están dando cuenta de la necesidad de cada persona, de cada comunidad. Gracias a ellos se ha mejorado mucho la calidad de vida”.

El agua que se volvió sal

Las melgas son superficies acondicionadas donde el agua salina se deposita y, bajo el intenso sol del desierto, se evapora hasta dejar al descubierto la sal

Al día siguiente, el camino nos regaló una historia que no estaba contemplada en el itinerario.

Hicimos una parada.

Frente a nosotros, en medio de la inmensidad del desierto, vimos agua brotar de un pozo. A simple vista parecía una escena ordinaria, pero no era cualquier agua.

Era, quizá, el origen de todo lo que habíamos venido a conocer aquí.

“Aquí podemos ver algo muy interesante, que es un pozo que extrae agua extremadamente salina”, explica el Dr. Víctor Salas, profesor investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, campus Cuauhtémoc.

Estamos a unos 500 metros del poblado Laguna de Palomas, también conocido como Estación Carrillo, al suroeste de Chihuahua. En este punto, bajo una tierra donde el agua parece abundante, se esconde una contradicción.

“Los estudios que hemos hecho aquí marcan que la salinidad de este pozo supera los 35 gramos de sales por litro, una concentración mayor a la que se encuentra, en promedio, en el agua de mar”, expone Salas. “El poblado en sí no tiene un pozo dentro de los márgenes del ejido, porque las condiciones del acuífero circundante impiden que lo podamos explotar para uso humano”.

Para conseguir el agua que sí pueden consumir, los habitantes dependen de un pozo ubicado a siete kilómetros al norte de Chihuahua.

“Eso les acarrea a ellos muchos costos de bombeo y de conducción, que también hemos visto como parte de ayudas en próximos proyectos que tengamos con la localidad”.

Sin embargo, en este rincón del desierto, aquello que podría parecer un problema también se convirtió en una forma de subsistencia.

Si el agua no puede beberse, puede aprovecharse de otra manera.

El agua extremadamente salina que sale del pozo alimenta las salineras del valle, una de las principales actividades económicas de la región.

Cada persona dispone de un espacio conocido como “melga”. Hasta ahí conducen el agua y la extienden bajo el intenso sol de la Zona del Silencio.

Entonces ocurre la transformación: el agua desaparece, pero la sal permanece.

Los habitantes recolectan ese residuo y lo venden a granel en la región, principalmente para el ganado y para empresas que requieren este mineral.

Pero parte del agua ni siquiera alcanza las salineras. Se pierde antes, durante el trayecto.

Y nuevamente son los propios habitantes quienes han planteado a los investigadores una posible solución.

“Las personas nos han pedido que entubemos desde el pozo hasta las salineras el agua, para que (el agua) no se pierda por evaporación o por filtración dentro del arroyo”, dice Víctor Salas.

La propuesta permitiría llevar una mayor cantidad de agua salina hasta las melgas y, con ello, obtener más sal y aumentar los ingresos de quienes dependen de esta actividad.

El agua que aprendió a caminar

El ganado se refresca y sacia la sed en uno de los pocos puntos donde el agua vuelve posible la vida

En La Soledad II, la vida de 400 vacas depende de algo que Jorge Ramírez no puede comprar, producir ni controlar: que llueva.

Él y su familia se dedican principalmente a la cría y venta de becerros. Pero aquí, en una región del municipio de Jiménez, Chihuahua, cercana a los límites con Durango y Coahuila, mantener vivo al ganado se ha convertido en una lucha contra la sequía.

“Si no hay lluvia, pues no hay pasto. Y aquí, pues ya tenemos una sequía de unos cinco años”.

Pero la falta de lluvia no sólo ha significado menos alimento, también ha convertido el acceso al agua en una larga caminata.

Todos los días, las vacas tenían que recorrer seis kilómetros desde la zona de pastoreo hasta el lugar donde podían beber. Después, regresar.

“Por ejemplo, cuando están ellas paridas, pues todas tienen un gasto doble; el mantener a la cría y luego la caminada que hacen”, explica Jorge.

Víctor Salas señala que ese recorrido representa un importante desgaste energético para los animales. En una región dedicada a la producción de ganado, cada kilómetro termina reflejándose también en el bolsillo: pérdida de peso, menor rendimiento y, en condiciones extremas, la muerte de los animales.

Cuando los habitantes buscaron el apoyo de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, el problema parecía plantear una pregunta sencilla: ¿y si en lugar de llevar las vacas hasta el agua, llevaban el agua hasta las vacas?

Fue entonces cuando investigadores y estudiantes de Geoinformática de la UACJ pusieron manos a la obra.

Eduardo Ernesto Escárcega Escárcega Jr., junto a sus compañeros, el Ing. Carlos Iván Flores Chávez y el Lic. Yahir Enrique Vargas Flores, participaron en la obtención de la información necesaria para planificar la ruta de la red hidráulica.

Mediante vuelos con dron, obtuvieron imágenes aéreas de la zona. Estas se complementaron con puntos georreferenciados mediante un sistema GPS RTK —tecnología que permite realizar mediciones de alta precisión en tiempo real— para conocer las características del terreno y definir el trayecto más adecuado para conducir el agua.

Desde la comunidad trazaron la microtopografía de toda la ruta y, con esos datos, realizaron los cálculos hidráulicos necesarios para determinar el diámetro de la tubería que permitiría llevar el agua hasta la zona de pastoreo.

Para Eduardo, aquellas mediciones dejaron de ser únicamente coordenadas, fotografías y cálculos cuando conoció las dificultades que enfrentaban las familias de La Soledad II y el riesgo que representaba para los animales la falta de agua adecuada.

“Estás viendo a una familia que está sufriendo por esta situación y te pones a pensar”, recuerda.

La respuesta terminó extendiéndose sobre el desierto.

Seis kilómetros de tubería de polietileno de alta densidad conectan ahora la comunidad con el sitio donde se encuentran los animales.

Víctor Salas nos explica el proyecto desde lo alto de uno de los depósitos instalados en el trayecto.

“Este es un tanque con una capacidad de 10 mil litros. A partir de aquí, el agua se distribuye al área de pastoreo donde se encuentran bebederos para que las vacas, en este caso, puedan tomar el recurso hídrico tan vital para ellas”.

Jorge Ramírez

Jorge Ramírez nos muestra también la motobomba.

“La prendemos y ya avienta el agua con más fuerza hacia donde la queremos hacer llegar”.

Por primera vez, ya no son necesariamente las vacas las que tienen que recorrer aquellos seis kilómetros. Ahora puede hacerlo el agua.

Ramírez reconoce que, sin acompañamiento técnico, difícilmente habrían podido desarrollar por sí mismos una obra de estas características.

“En las universidades hay más investigación y pueden ayudarle más a la persona del campo, que a lo mejor no está igual de informada”.

Pero conseguir que el agua caminara seis kilómetros resolvía apenas una parte del problema.

Porque había algo más.

El agua que estaban llevando hasta los animales tampoco era adecuada para beber.

Nos trasladamos hasta el casco del rancho, donde se encuentran las principales viviendas de La Soledad II. Cerca de ahí, Salas nos muestra el depósito principal: un enorme tanque con capacidad para almacenar 100 mil litros.

“Aquí hay agua a partir de una bomba subterránea. En los estudios que hemos hecho, vemos que aquí también el agua sobrepasa los límites de salinidad, tanto para consumo humano como para consumo animal”.

La paradoja se vuelve evidente: La Soledad II tiene agua, puede almacenarla, incluso ahora puede transportarla seis kilómetros por el desierto, pero no pueden beberla directamente y tampoco debería hacerlo el ganado.

Había que quitarle la sal.

En una habitación contigua al depósito encontramos la otra pieza del proyecto: una desaladora con capacidad para procesar hasta 12 mil litros de agua diariamente.

La tecnología fue instalada gracias al apoyo de la Fundación Gonzalo Río Arronte y al trabajo de investigadores y estudiantes de la UACJ.

Salas nos conduce por el proceso.

Su capacidad permitiría producir hasta 12 mil litros de agua desalinizada diariamente, suficiente para abastecer a cerca de 400 animales.

Pero el proyecto todavía está a medio terminar.

Y es ahí donde la historia de los animales se encuentra con la de las personas.

A unos metros de la desaladora está Jorge Landeros, habitante de La Soledad II.

Mira la máquina con una mezcla de esperanza y cautela.

“Ahora que nos facilitaron esto, pues bueno, yo pienso que sí va a funcionar y sobre todo para los animalitos y para uno”.

Porque la falta de agua apta para beber no termina en los corrales.

También entra a las casas.

Jorge Landeros

Cuando necesitan abastecerse de despensa o conseguir agua para consumo humano, los habitantes deben trasladarse hasta Carrillo, aproximadamente a 20 kilómetros. Es ahí donde compran los alimentos y llenan sus garrafones con agua purificada.

“Ahí hay de estos (procesos de ósmosis inversa); ahí le echa uno 10 pesos y llena un garrafón de agua purificada”.

Veinte kilómetros pueden parecer pocos.

Aquí no lo son.

Son kilómetros de terracería y caminos accidentados, en una región donde una avería puede significar quedarse varado en medio del desierto.

Y cuando no hay posibilidad de hacer ese recorrido, queda otra alternativa.

“Tiene que tomar uno, pues de la que llueve, de las canaletas”.

Por eso, la máquina que permanece frente a Jorge Landeros significa mucho más que agua para 400 vacas.

Si el sistema queda completamente terminado y funciona como se espera, el agua que durante años estuvo lejos y que después resultó demasiado salada podría finalmente llegar hasta donde se necesita.

“Gracias a Dios vamos a ver si funciona y ya con eso pues pensamos que ya no vamos a tener que hacer eso de andar trayendo el agua desde tan lejos”.

En La Soledad II, la solución todavía no está terminada, pero el agua ya comenzó a caminar.

El sol que aprendieron a aprovechar

Juan José Loera

Nuestro último destino nos llevó de regreso al ejido Laguna de Palomas.

Recorrimos 15.4 kilómetros hasta encontrarnos con una familia y, frente a su vivienda, con una estructura de metal que parecía sencilla.

El Dr. Luis Jiménez, profesor investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, campus Cuauhtémoc, nos explica que se trata de un deshidratador solar.

“Realmente es un prototipo, una versión 3.0. Ya hemos hecho algunos en el programa de Ingeniería en Diseño y Automatización Agrícola en Cuauhtémoc”.

En el programa ya existía un equipo artesanal que, mediante el trabajo académico con estudiantes, comenzó a perfeccionarse. De ahí surgió un primer prototipo mejorado y el proyecto continuó desarrollándose hasta involucrar incluso la participación de un estudiante en Jóvenes Investigadores.

A ese trabajo se sumaron investigadoras del Instituto de Ciencias Biomédicas (ICB), de las áreas de Biotecnología y Nutrición, para analizar qué ocurría con los nutrientes después del proceso.

“Se hicieron pruebas de la calidad de los alimentos deshidratados y se vio que era un método viable de conservación”.

Cuando surgió la posibilidad de llevar proyectos hasta las comunidades de Carrillo, los investigadores voltearon a mirar aquello que durante todo nuestro recorrido había sido imposible ignorar: el sol.

Estudiantes y egresados volvieron a trabajar sobre el prototipo y el resultado está ahora frente a nosotros.

Una estructura que aprovecha la energía solar para deshidratar alimentos y que, en esta comunidad, tiene una aplicación particularmente cercana a la vida cotidiana: elaborar carne seca.

Uno de sus beneficiarios es Juan José Loera, habitante de esta comunidad.

Nos muestra el deshidratador, el cual cuenta con un respirador que permite la circulación del aire caliente, se le incorporó una malla mosquitera para impedir la entrada de insectos y el calor se mueve dentro de la estructura mientras los alimentos permanecen protegidos.

La diferencia con la manera tradicional de secar carne parece sencilla, pero es importante.

“Tradicionalmente, la carne se ponía al sol, en tendederos, pero estaba al riesgo de las moscas, del polvo y pues se podía contaminar. Afortunadamente con este sistema, pues se evita todo eso”.

La familia Jiménez está entusiasmada con los resultados y ya ha integrado a varios vecinos en la venta y distribución de la carne seca. El emprendimiento avanza poco a poco: las bolsas llevan ahora una etiqueta con el nombre que eligieron para abrirse camino en el mercado: Cosecha del Vaquero, carne seca de res disponible en tres sabores. En medio del desierto, el proyecto comienza a tener nombre propio.

Después de kilómetros de carretera, terracería, calor y comunidades dispersas en el desierto, nuestro recorrido está por terminar.

Atrás quedaron Granja Morelos, La Flor, las salineras, La Soledad II y Estación Carrillo.

Quedaron también las historias de quienes durante años han aprendido a vivir esperando la lluvia, recorriendo kilómetros por un garrafón de agua, viendo al ganado caminar para beber o descubriendo que debajo de sus pies existe agua que, por su salinidad, no pueden consumir.

Pero también quedaron seis kilómetros de tubería, una planta que convierte agua salada en agua aprovechable, un sistema que permite regar la tierra, una purificadora, un deshidratador que captura el calor del desierto y lo convierte en una herramienta.

Y detrás de todo eso hubo investigadores y estudiantes que tuvieron que hacer algo aparentemente sencillo: salir.

Salir del aula, del laboratorio, de las fórmulas y del escritorio.

Llegar hasta aquí y escuchar.

El Dr. Luis Jiménez, profesor investigador de la UACJ en Cuauhtémoc, intenta explicar lo que significa contemplar, finalmente en funcionamiento, aquello que alguna vez fue apenas una idea.

“Como investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez se generan muchas emociones. Es inexplicable lo que uno llega a sentir cuando sale del aula, llega al campo, instala y finalmente ve funcionar este tipo de sistemas”.

Y remata:

“Yo creo que esa es la finalidad de un proyecto: que uno, como investigador, logre aterrizar esos conocimientos en algo materializado y que realmente resuelva una problemática que existe en el campo”.

El alumno Eduardo Ernesto Escárcega Escárcega Jr. aprendió esa otra parte de la ciencia durante sus salidas de campo con los investigadores de la UACJ.

A decenas de kilómetros de la población más cercana, olvidar una herramienta, sufrir una avería o enfrentarse a un resultado inesperado podía detener todo el trabajo. No había una tienda cercana ni una solución esperando al otro lado de una llamada.

“Algo que aprendes siempre con ellos es a solucionar los problemas en el instante”, dice.

En el desierto también comprendió el verdadero significado de una palabra que sus profesores habían repetido durante su formación.

“La resiliencia: ser una persona resiliente y aguantar los golpes como vengan”.

Pero la enseñanza que más lo marcó no provino de los instrumentos ni de los datos recopilados. Surgió frente a una llave de la que no salió agua y en la voz de aquella mujer que les preguntó:

“¿Qué hacen en este sitio del que ni siquiera Dios se acuerda?”.

La frase lo hizo comprender que, más allá de representar a una institución, él y sus compañeros podían ayudar a transformar la realidad de personas que durante años habían esperado que alguien escuchara sus necesidades.

Fue entonces cuando el lema “UACJ Inspira el futuro” adquirió para él un significado distinto.

“Ahí sentí orgullo por la Universidad. Fue como levantar la bandera y pensar: bueno, como dijo aquella señora: ‘aquí donde no llega ni Dios’, llegamos nosotros”.

Abril de 2025. La noche sorprendió a investigadores y estudiantes durante la instalación de un sistema de ósmosis inversa. La camioneta quedó varada en pleno desierto y ellos, cubiertos de polvo, todavía tuvieron ánimo para la fotografía. La imagen resume una parte pocas veces visible de la ciencia: la de quienes salen de las aulas y laboratorios para llevar soluciones hasta comunidades donde el agua escasea y la ayuda institucional muchas veces tarda en llegar.

1

Durante este viaje entendimos que en el desierto el agua nunca significa una sola cosa.

A veces es sed.

A veces es distancia.

A veces contiene tanta sal que resulta imposible beberla.

A veces tiene que recorrer seis kilómetros para evitar que sean los animales quienes los caminen.

Y otras veces, cuando desaparece bajo el sol, deja detrás una forma de subsistencia.

Cinco comunidades nos mostraron cinco maneras de enfrentarse a un mismo territorio.

Y la ciencia no llegó para decirles cómo vivir en él.

Llegó para escucharlas.

Tal vez por eso, después de recorrer la llamada Zona del Silencio, comprendimos finalmente que su nombre escondía una paradoja.

Porque aquí nunca faltaron voces.

Estaban las de quienes pedían agua.

Las de quienes perdían ganado.

Las de quienes recorrían kilómetros para llenar un garrafón.

Las de quienes aprendieron a sobrevivir con la sal, el sol y la tierra.

Lo único que hacía falta era que alguien llegara hasta aquí para escucharlas.

Los investigadores lo hicieron.

Y cuando la ciencia escuchó al desierto, el silencio comenzó a transformarse: en agua, en alimento, en tecnología, en esperanza.

Entonces lo entendimos.

En la Zona del Silencio, el problema nunca fue el silencio. El problema era no escuchar.

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